domingo, 24 de febrero de 2013
Cápitulo 8: El recuerdo del mar
[“-Sí. Nuestra misión ahora, es poder encontrar los objetos místicos de cada elemento que se encuentran en su zona correspondiente de Éire y recuperar vuestros pueblos para poder hacer frente contra el enemigo”. –Catrin ]
Narra Sophie.
Lo que nos había contado Catrin no podía creerlo. Si era, bueno, fui hija de los reyes de un importante condado y que ellos hubieran muerto salvándome… No quería pensar en ello, no… Llorar por alguien fallecido o distanciado me parecía algo no recompensable, pero las ganas se hicieron más fuertes, y las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas. Los recuerdos de mi abuela me vinieron a la mente y salí de casa. Aún no había anochecido y estas calles me las sabía más o menos, asique no me perdería. Comencé a andar hacia un rumbo sin sentido y llegué a la plaza de la catedral de la ciudad donde habitaba.
Me senté en uno de los bancos de piedra y fijé mi mirada hacia el cielo. Las nubes empezaban a coger su típico color de tormenta, tapando la poquísima luz del sol que había. Apoyé mis pies en el borde del banco y me quedé pensativa. No sé cuánto tiempo me quedé así, sin moverme y meditando, pero las primeras gotas de la lluvia me despertaron del embobamiento que estaba empezando a tener. Cada vez llovía más, hasta que se formó una tromba de agua. Me levanté y corrí hacia la catedral y llamé al gran portal. El cura Brian me abrió, un hombre de unos 50 años, con sus canas y cara de buena persona y muy filosófico.
-Pasa hija.
Pasé y suspiré. El padre Brian me dio una manta y me senté en uno de los bancos de madera barnizada, dándole las gracias por ayudarme.
Ya había pasado cómo una hora y media y la lluvia no cesaba. Esto era típico aquí, pero que lloviese casi todos los días del año, ya era como un poco deprimente para la mente. No dejaba de ver hacia la blanca y redondita luna (si, ya había anochecido, muy rápido) hasta que el padre Brian me dijo:
-Sophie, creo que afuera hay alguien, ¿Podrías ir y decirle que se resguarde con nosotros si le apetece?
-Vale padre, ahora vuelvo. –Le dije levantándome y cogiendo un paraguas del perchero que estaba al lado de la gran puerta.
Salí a la calle y todo estaba muy nublo y oscuro. Lo poco que podía divisar eran las luces de las farolas y la fuente. Repasé mi entorno con la mirada unas cuantas veces hasta que por fin pude divisar a una persona a lo lejos. Alcé mis brazos y los agité abiertamente como saludando.
-¡Oigaa! –grité. Vi que la persona corría hacia la catedral, y tras unos minutos, pude reconocerle.
-¿Uko? –susurré. Corrí hacia él y si, era Uko. -¡Ukooooo, soy Sophieeee! –chillé saludando a lo grande.
-¡Sophie! –respondió corriendo hacia mí. -¡Cu-cuanto tiempo! –dijo abrazándome fuertemente.
-¡Si!. Ven, lo mejor será que nos resguardemos en la catredral.
Uko asintió y fuimos a la catedral. Le noté cómo desanimado.
-¿Te encuentras bien? –le pregunté con voz de preocupada.
Uko paró y se sentó en uno de los bancos de la plaza. Se le notaba agotado y triste.
-Si… -dijo apoyando su cabeza en sus manos y dejando caer lágrimas de sus ojos. Abrí el paraguas y me senté a su lado. Le di un abrazo y le dije que me contara lo que le pasaba.
-No pu-puedo contártelo… Ha sido terrible… Yo ya no sé lo que fui y lo que soy. –dijo como soltándolo y apretando sus ojos.
Eso me sobresaltó un poco, ¿Y si le había pasado algo parecido que a Dreidre y a mí?
-No estés así, desahógate…
-Sinf, está bien. Veras…
Uko’s Flashback:
Mi tío y yo nos habíamos mudado al condado de Claire con su caravana, cerca de los acantilados Mother. Tras haber estado un año estudiando en un colegio de Galway, a mi tío le desahuciaron de la casa que tenía por no haber pagado la hipoteca y tuvimos que quedarnos viviendo en su caravana y de lo que ganaba del dinero de nuestras clases de surf. Nos instalamos cerca de los acantilados porque era allí donde podíamos conseguir más dinero y poder tener por lo menos, unos pocos animales. Unos días anteriores a mi celebración de los 16 años, noté a mi tío incomodo, hasta que por fin me desveló algo que nunca llegué a creer de mí mismo. Ese día había tormenta y no podíamos salir por la fuerza del viento y olas. Mi tío me contó que no provenía de este mundo, sino de su subsuelo: Éire el otro lado de Irlanda. Me explicó de qué se componía y un poco de su historia. Según él, yo había nacido de unos pescadores de las costas del condado de Blau, del elemento del agua: Icus. La guerra entre los Fómore y los Tuatha Dé Dannan había comenzado. Mi padre nos dejó a mi madre y a mí en casa y se fue a luchar en la guerra. Fue lamentable que no pensara el riesgo que corría dejándonos a los dos solos sin ninguna protección material. Un maldito día, unos barcos de los Fómore llegaron a nuestras costas y destruyeron todo lo que veían a su paso. Miles de mujeres y niños murieron asesinados por esos monstruos sin corazón. Tras haber saqueado y destruido nuestro pueblo costero de Blau, un hombre (mi supuesto tio) me encontró inconsciente en el suelo cercano al mar y empapado de agua. Él me cuidó todos estos años aquí, en Galway y ahora en los acantilados Mother, desde que escapó de aquel solitario pueblo. Cuando me enteré, no me lo quise creer en parte, mi tío me dijo muchas veces que había nacido de mis padres, fallecidos en un accidente de coche y él era fue el encargado de cuidarme todos estos años. Al saber por fin la versión verdadera, sentí que algo brotaba de mí, pero no sabía el qué. En el día anterior a mi cumpleaños, mi tío se quedó todo el día sentado en el césped de los acantilados e intenté convencerle a que volviese antes de que se desatase una gran tormenta. Fui hacia él, se giró hacia mí y me susurró algo que no entendí y... Saltó al mar. Chillé y corrí hacia él, tratando de cogerle de una de las muñecas, pero me fue imposible, así que... Me lancé al mar. Me dejé caer ligero como una pluma y caí al fondo. Vi una extraña figura a lo lejos y al hombre que cuidó de mí todos estos años acercándose a esta. Un torbellino lo tragó hasta lo más profundo del mar. Noté una puñalada en mi corazón y un frio helador en un único punto de mi brazo: el trisquel de Icus. Empecé a marearme y a ver una imagen borrosa en la que una señora y su hijo flotaban en el fondo. Lo único que recuerdo después, fue que estaba tumbado en el césped de los acantilados…
Uko terminó de contármelo y le dije que lo más prudente en estos momentos sería volver a casa.
-Pero… ¿Qué dirán si me ven así?
-Tranquilo, ya nos inventaremos alguna excusa. –respondí levantándome y haciéndole una seña para que volviéramos ya. Juntos volvimos corriendo a casa de mi abuela, era demasiado tarde y Catrin y Dreide ya estarían demasiado preocupadas por mi salida del anochecer.
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