domingo, 10 de febrero de 2013
Capítulo 6: Provenzy
[-¡Yo no me voy de aquí hasta que me cuentes la verdad de todo esto! –refunfuñó Sophie como una niña pequeña.
-Te lo contaré en el sitio y momento adecuado. Tenemos que marcharnos de aquí lo antes posible, podrían venir más enemigos de los Fómore…- respondió Catrin]
Narra Deirdre.
Me desperté temprano y me vestí con la ropa que había traído del internado. Me aseé y bajé a desayunar. Preparé un sándwich de nocilla con crema de cacahuete y uno de los zumos de melocotón. Los metí en mi mochila y cogí las llaves de la puerta principal, cuando escuché unos pasos dese las escaleras.
-¿A dónde vas? –me preguntó Catrin, en un modo arrogante.
-Eh… Me voy al instituto del internado. –respondí mirando mi reloj de pulsera. –dentro de media hora comienzo las clases y si llegamos tarde nos expulsan una clase.
-Mmm. Bueno, espera un momento. Me cambio y te acompaño.
-Pero si no hace falta, me sé el camino…
-Lo sé, pero no te voy a dejar que vayas sola por estas calles a estas horas. –me cortó ella.
Esperé y salimos a la calle. Apenas había salido el sol y parecía que fuera a llover. Saqué el zumo y me lo tomé, al igual que con el sándwich.
-¿Notaste algo extraño por la noche? –me preguntó nuestra canguro por la mitad del camino.
-No. Nada ¿Por?
-Mejor
Llegamos al internado y me despedí de Catrin con un abrazo. Dejé la maleta en mi cuarto y asistí a la primera hora de clase, Biología. Apenas me gustaba esa asignatura, aunque la parte de los animales me encantaba. Siempre había sido una amante de los animales y siempre me habría encantado tener una mascota, pero los adultos no nos lo permitían, por temor a que todas las personas del edificio sufrieran una enfermedad producida por una mascota.
Las clases siguieron y la ausencia de mi mejor amiga se notaba. En los cambios de materia, se escuchaban preguntas referidas a Sophie, pero nadie me preguntaba directamente. Todos se hacían suposiciones y cuentos chinos.
En la hora del almuerzo, salí a la calle con mi comida. Empezó a lloviznar y no tenía nada a mano con lo que cubrirme. Empecé a correr, buscando un sitio donde cubrirme de la lluvia. Avancé todo recto, giré hacia la derecha en un cruce y a este mismo lado en otro que había más adelante. Había llegado hasta las afueras de Letterkeny y lo único que tenía cerca de mi era un prado con árboles y unas naves abandonadas. Me senté debajo de uno de los árboles y comencé a almorzar. Cada vez llovía más e incluso comenzaba a tronar. Me asustaba. Escuché un maullido a mis espaldas y me giré.
Un gatito de pelo marrón oscuro y ojos azules estaba lamiendo una poca agua que se había acumulado en un pequeño agujero del suelo. Me acerqué a el animalillo y le acaricié el lomo. Este me respondió con un ronroneo y se acurrucó a mis piernas. Nos quedamos unos minutos asi. De repente, noté un temblor en el suelo. Me levanté con Kin en brazos, así había llamado al lindo gatito. El temblor empezó a hacerse más fuerte y más fuerte cada vez hasta que la tierra empezó a partirse. El suelo se partió en dos y Kin y yo caímos en el vacío. Chillé lo más fuerte que pude, pero fue en vano. Caímos y caímos hasta que llegamos al fin de ese precipicio. Me levanté y dejé al gatito en el suelo.
-No te separes de mí. – le susurré.
Estudié con mi mirada el entorno en el que estaba. Parecía un lugar tranquilo y a la vez nervioso. Respiré hondo y anduve hacia una casita que estaba unos cuantos metros de lejos.
-¿Quién eres tú?- me preguntó una chica que pasaba por allí cerca. No parecía una humana… Más bien parecía una ninfa, con ojos turquesa, pelo azul y un vestido lila.
-Soy una humana… Mi nombre es Deirdre. ¿Sabes dónde estoy?
La joven pareció asustarse y se marchó sin hablarme.
“Bueno” pensé para mis adentros y encogiendo mis hombros. Llegué a la casita y llamé a la puerta. A los pocos minutos, un chico de ojos ocres y pelo oscuro, y con la misma edad que yo, me abrió.
-Hola… -dije, esperando a que esta persona tampoco me contestase y me cerrase de un portazo.
-Hola. Pasa, no te quedes allí. Pueden venir en cualquier momento. –susurró esto último el chaval.
Me hizo pasar y entré, dándole las gracias. Miré con detalle la habitación donde me encontraba.
-Siéntate en una de las sillas, si quieres.
-Gracias. –respondí. Me senté en una de las sillas y el joven se sentó frente mí.
-Bueno… Y ¿Cómo te llamas?
-Me, me llamo Dreidre, soy una humana.
El chico se quedó asombrado.
-¿Humana? Que extraño, ningún humano ha llegado hasta Provenzy desde tiempos inmemoriales…
-¿Provenzy? –le corté con un tono de asombro.
-Sí, es uno de los pueblos del condado de Dokumb, de Éire… Yo soy Crold, soy un ninfo-humano, soy hijo de Catrin.
-¿Ella? ¡Si es la canguro de mi amiga Sophie!
-Entonces, vosotras debéis de ser… -dijo Crold, con un tono preocupado, levantándose de la mesa.
En ese momento, se escucharon unos aullidos cerca de la casita.
-¡Maldición, te han descubierto! Deben de haber captado el olor de tu sangre…
-¿Quién? –pregunté, asustada. Crold me cogió de la muñeca y me llevó al sótano.
-Los lobos blancos. Quédate aquí, y por lo que más quieras, no salgas ni abras la puerta a nadie. –dijo, cogiendo una vara de madera más grande que él.
Solo me quedó el remedio de asentir y de hacer lo que me decía. El tiempo pasó muy lento y empezaba a ponerme aún más nerviosa. Escuché un agudo maullido y sin pensármelo dos veces, salí del sótano. Escuché unos gruñidos que provenían del comedor. Me apoyé de espaldas en la pared y avancé sigilosamente. Uno de los lobos blancos bajó al sótano y me vio. Se lanzó sobre mí y le esquivé. Cogí uno de los cuadros de la pared para usarlo como escudo. El lobo repitió la acción, pero esta vez, su boca quedó incrustada en el cuadro. Lo agarré fuertemente, e imaginé unos tallos venenosos que agarraban al animal. Sucedió. Los tallos atraparon al lobo y a los pocos minutos, este parecía haber muerto. Me lastimé, había matado a un animal. Subí al comedor rápidamente, y había otro lobo blanco. Hice la misma acción que con el anterior y este también quedó atrapado. Un grito sonó desde fuera. “!Crold!” pensé. Salí de la casa y divisé a Crold y otro lobo blanco. Era más grande que los anteriores. El chico estaba tumbado, con la vara horizontalmente, y el lobo la estaba mordiendo. Crold notó mi presencia y gritó mi nombre. El lobo aprovechó rompiéndole la vara y le dio un mordisco en su brazo izquierdo.
-¡Déjale! –fue lo único que se me ocurrió decir. Los tallos volvieron a salir, y le bloquearon la boca al animal. Me acerqué a Crold y le alejé del lobo.
-¿Te encuentras bien?
-Si… Aarg. –gritó, tapándose la herida. Ardía. Se la destapó y un símbolo se iluminaba rojamente. –Esto debe de ser… -dijo, asombrado.
Vi que los tallos empezaban a romperse y dije a Crold que se quedase allí y que no se moviera. Me acerqué al lobo y le solté de los tallos. -Grrr, malditos humanos… -gruñó, corriendo directamente hacia mí. Me agaché al suelo y transmití mi energía a la tierra, dándole la orden de que atacase al animal. Trozos de la tierra levitaron y se lanzaron contra el lobo, que este esquivó la mayoría, pero recibió dos fuertes golpes. Cayó al suelo, dolido. Hice que otros tallos, más gruesos y fuertes atraparan al animal del todo. Le dejé así durante unos minutos, hasta que noté que se ahogaba. Le solté y se marchó, lanzándonos una mirada asesina a Crold y a mí. Entramos en la casita y con mis poderes sobrenaturales, le hice una venda de hojas al joven. Hizo un gesto de alivio y me dio las gracias. Reposamos un poco y le di las gracias por todo lo que había hecho por mí. Fui al lugar donde Kin y yo habíamos aterrizado. Murmuré un encantamiento y volví a Letterkeny
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Me encanta ana, sigue así!!
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