miércoles, 19 de junio de 2013
Capítulo 20: El muñeco y la Luna
[“Apoyé mis manos en el báculo escondido, que ahora se había desplazado hacia la espalda del tronco, por así decirlo, e intenté sacarlo, pero no pude. Lo intenté muchas veces hasta que la mano de la figura “humana” del tronco, la cogió fuertemente y lo lanzó al suelo. El suelo pareció tragárselo y con mis propios ojos, vi que desaparecía. Tras pasar unos minutos, escuché unos pasos detrás de mí y me giré para saber quién o qué era. Era un niña de unos 7/8 años y bajita, de pelo verde chillón y con unos ojos enormes. Tenía la mirada fija a mí, y tras estirar su brazo y mano, el báculo salió de la hierba y se situó en su mano.”]
Narra Dreidre.
Luchaba con todas mis fuerzas para poder librarme de aquellas fuertes ramas, pero me era imposible. Era como si absorbieran mi energía. Cerré los puños de mis manos y acumulé energía hasta descargarla por la piel de mi cuerpo. Eso hizo que las ramas se quemasen un poco, pero también me hirió a mí, con quemaduras. Lo hice una vez más, y ambas nos debilitamos, pero por fin las ramas me soltaron. Caí al suelo de rodillas y me quedé así, con las manos apoyadas hasta que tuve fuerzas de levantarme. Un escalofrío invadió a mi cuerpo por el silencio que había. Parecía como si se hubiera parado el tiempo y como si algo inesperado fuera a suceder… Volví a escuchar unos pasos, pero esta vez no provenían de mis espaldas, sino frente mía. Era la chica de antes y con el báculo en sus manos. Vi que lo levantó unos pocos milímetros y lo puso otra vez en el suelo, fuertemente. De repente, el suelo de mí alrededor empezó a temblar y me desequilibré. Volví a levantarme, esperando otro temblor del suelo, pero no fue eso lo que pasó, sino que uno de los pinos se derrumbó cerca de donde estaba. Pude esquivarlo por los pelos, pero varias ramas salidas del tronco de otro pino que estaba detrás de mis espaldas me atraparon. Gemí. Estas ramas eran el doble de fuertes que las anteriores y me estrujaban con el doble de fuerza. ¿Qué podía hacer para librarme de ellas? Si volvía a lanzar la descarga me debilitaría por completo… Relajé mi cuerpo al completo, dejándolo como si estuviera muerto y sin que me lo esperase, las ramas me soltaron. Volví a caer al suelo y me levanté de nuevo. La pequeña se había movido de donde estaba antes. Me dirigí hacia el centro de aquella zona y busqué con la mirada a la pequeña ladrona del báculo. Estaba sentada en una de las ramas de un árbol que estaba frente mía, esbozando una malvada sonrisa de oreja a oreja. Estaba nerviosa y asustada, y tragué saliva. Sabía que en cualquier momento podía volver a lanzarme otro ataque y debía de esquivarlo fuese como fuese. Ella me había atacado varias veces, y yo en cambio, ninguna. Corrí hacia ella para lanzarle un ataque directo, esperándome que varias ramas procedentes de los troncos de mí alrededor me impidieran el paso, pero fue un error hacerlo. Ya estaba demasiado cerca hasta que señaló el bastón hacia mí y retrocedí disparada hasta que me golpeé con un pino. Esta vez caí al suelo, agotada, y la niña se acercó. Puse mis manos en el suelo y las cerré, cogiendo tierra del suelo. A continuación, me giré rápidamente hacia la pequeña y le tiré la tierra a la cara, con intención de que no pudiera ver. Funcionó. Soltó el bastón para quitarse la arena de los ojos y lo cogí velozmente. Una fuerza enorme brotaba de él, e hizo que recuperase la energía perdida de antes. Me sentía como nueva. Dirigí la punta de mi báculo hacia mi enemiga y cerré los ojos con fuerza. Tras abrirlos, una afilada y puntiaguda rama salió disparada de uno de los pinos de mis espaldas y atravesó su pequeño cuerpo. Cerré mis ojos de nuevo para no ver la escena sangrienta que aparecía en mi mente, pero después de que se volviera a escuchar el silencio, los abrí y no vi lo que me esperaba, pero en realidad, había sucedido algo muy diferente y anormal: la niña se había desintegrado en un montón de mariposas diminutitas, que estas ya emprendían su vuelo. “Asi que… ¿era una muñeca?” pensé. Ahora que ya que había terminado con la ladronzuela, tenía que volver a casa, pero podía darme un paseo por este profundo pinar en el que estaba.
Narra Crold.
Abrí los ojos y el paisaje que estaba delante de mí era un solitario y caluroso desierto, acompañado de un pueblecito que se encontraba sobre una pequeña montaña. Me dirigí hacia allí corriendo por el arenoso lugar y al ser arenas profundas, casi me veía inmovilizado, pero pude llegar. Me acerqué a unos cactus cercanos al poblado y me fijé en un agricultor que estaba cultivando su escasa cosecha de maíz. Caí en cuenta de que seguía siendo un lobo y que los campesinos me verían como un monstruo. Anduve tranquilamente hacia el agricultor y di un débil rugido para llamar su atención. Este me vio y me acarició el lomo. Ronroneé, así me ganaría su confianza. El adulto sonrió y me llevó a su casa. Noté que la aldea estaba solitaria, y casi me clavé una astilla en mi pata izquierda trasera. Me quejé y el agricultor se giró hacia mí.
-¿P-puedes hablar? –preguntó asustado.
-Sí. –le respondí tranquilo. –Me perdí por este desierto y tuve la suerte de encontrar este pueblecito y a usted, aunque ¿Y la demás gente del pueblo?
El agricultor suspiró y se sentó sobre el camino de arena que parecía conducir hacia la plaza.
-La gente del pueblo… desapareció en un día de eclipse lunar diferente.
-¿Diferente?
-Sí, fue diferente y extraño: la Luna era roja e hizo que los habitantes de este lugar se derritiesen como el chocolate, por su ardiente luz roja que hacia efecto en la gente que era reflejada con esa luz, aunque de todas formas afectó a casi todos…
-Entonces… ¿Qué debemos de hacer para arreglar esta catástrofe? –dijo Crold, asustado. Temía que la noche fuese diferente a todas las demás e igual que la contada por el agricultor.
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