sábado, 16 de noviembre de 2013
Capítulo 31: Una nueva armadura.
[“Mi cuerpo retrocede hasta chocarme con la puerta y las dos estatuillas de murciélagos emiten un chillido tan largo y agudo que tengo que taparme los oídos. El chillido dura lo suficiente para que el sacerdote negro esté delante de mí y cuando se acaba ya no puedo hacer nada para impedir lo que me va a suceder: me cuelga el collar y recibo una descarga eléctrica que me adormece y en mi mente noto como si algo espirase todos mis recuerdos.” –Uko]
Narra Uko.
La verdad es que Dinaria es muy fuerte. Esquivo la mayoría de sus ataques físicos pero me es difícil acercarme a ella y pegarla cuerpo a cuerpo, ya que en cualquier momento podría atacarme con sus poderes. Ese es otro problema: aquí todos tienen magia en su cuerpo e interior (exceptuando a los esclavos “Sin alma”) menos yo. ¿Alguna vez la he tenido? Porque no lo tengo almacenado en mi cabeza. Sigo esquivando los golpes de la chica del calor hasta que deja de atacarme.
-Se acabó lo fácil, chaval. –dice, jadeante. Me preparo para algo letal y doloroso. Dinaria no se mueve de su sitio y se rodea de ondas de calor. Mi cuerpo empieza a sudar y a deshidratarse. Necesito agua. Un nuevo recuerdo llega a mi mente: estoy en la mazmorra y formo una llama de agua flotante. Agua flotante… Me pongo de cuclillas y me apoyo con las manos en el suelo. Repito varias veces las dos palabras anteriores y veo que globos de agua sucia empiezan a ascender de la arena. Atraigo unos cuantos para que exploten en mi cuerpo, hidratándolo y los restantes se quedan en su sitio, aumentando de masa y volumen. Extiendo mis brazos y manos hacia delante y hago que se dirijan hacia mi contrincante, a toda velocidad. Dinaria se crea una barrera de ondas caloríficas para impedir mi ataque y protegerse. Tres del bando de globos son destruidos pero consiguen crear unas pequeñas grietas.. Los demás consiguen romper la barrera y mojar a Dinaria. El agua se evapora pero hace que su calor corporal disminuya rápidamente, y se queja del dolor que recibe al tener contacto con el líquido hidratante. Aunque se esté tambaleando, Dinaria se prepara para lanzar otro ataque mágico, pero el Maestro y el Caballero dan por finalizada la pelea. La terraza donde están sentados desciende y los dos se acercan a nosotros. Thask me entrega una caja y Dinaria se cruza de brazos, enfadada.
-Esta es tu comida, no la desperdicies. –dice autoritariamente.–Dentro de una semana os reuniremos aquí para entrenar duramente. Asiento y mi compañera me dice que volvamos a la celda con los demás. Me despido de los dos hombres y sigo a la chica, que está enfadada porque haya ganado yo y no ella.
-Toma. –le digo, abriendo la caja y dándole la mitad de los alimentos: 3 panes, una botella de agua de
2l y una lata de conserva.
-No sé por qué la desperdicias, si eres el afortunado que va a tener comida durante toda la semana.
-Porque no ganaríais, y tenéis que estar alimentados para tener fuerzas y ganar.
-Hmmm, de acuerdo. –responde Dinaria, poco convencida cogiendo su parte de alimentos y envolviéndola con su chaqueta.
Pasa una semana y gracias a los entrenamientos diarios en el coliseo, me siento más fuerte, aunque sigo teniendo recuerdos perdidos. El Maestro Gorb nos ha enseñado técnicas de combate mágico y físico, y también que no tenemos que dejarnos manipular por los sentimientos del enemigo en una pelea, cuando el ganar es el objetivo principal. Hirun, Dinaria, Golm y yo entramos a la arena esperando al Maestro. Aparece en su terraza y nos dice que si hoy sale todo bien, recibiré algo importante. Lucho duramente contra Hirun y le derroto. Al terminar, los murciélagos de Gorb traen unas cajas metálicas. Tres de las 4 se abren y unas piezas metálicas se adhieren a los cuerpos de mis compañeros. Son armaduras.
-En poco tiempo has conseguido estar a la altura de tus compañeros. Asique este es tu premio. –dice el maestro. La caja metálica se abre y las piezas metálicas se unen a mi cuerpo. Están cubiertas de un lodo escurridizo y marrón.
-Las armaduras protegen nuestro cuerpo, y cada una es de nuestro elemento. –Me explica Golm. Veo que la suya es de cemento, la de Dinaria de calor y la de su hermano mellizo, de gas. Estamos protegidos de pies a cuello, la cabeza no.
-Me gustaría probarla.
-Bien, si quieres, seré tu oponente. –Me responde Gorb y me sorprende. Me esperaba luchar contra algo de sus monstruos, pero no contra él directamente.
-Ten cuidado con los murciélagos. –me susurra Hirun al oído.
Me pongo en guardia y cuando el maestro está listo, creo un torbellino de agua para que lo empape e inmovilice por unos minutos. Gorb se quita la túnica y la lanza al aire. De esta aparecen 20 murciélagos. 4 destruyen mi torbellino y otros 6 se dirigen hacia mí. Escondo la cabeza detrás de mis brazos y uno cae al suelo torpemente, pero otro me muerde en el hombro y grito de dolor. Lo cojo y lo tiro al suelo, luego le doy un pisotón y desaparece. Me quedan dos. Les lanzo bolas de lodo y uno se protege con sus alas, mientras el otro que venía a morderme, se la traga entera y se desvanece, como el anterior. Uso mi ataque que usé contra Dinaria y atrapo a los dos que me quedaban y había perdido de vista. Y también contra los que protegen al maestro, pero las esquivan velozmente. 3 de los 6 escupen un chorro morado que hace cenizas todo lo que toca. Me preparo para esquivar sus rayos pero un cuarto empieza a emitir un chillido espeluznante como el de la primera vez que estuve aquí. Eso hace que mis 5 sentidos se distraigan y que uno de los rayos queme el lodo de mi armadura del pie. Junto mis manos y las separo, haciendo que lance un enorme chorro de agua sucia, derribando a los 4 murciélagos. Los dos últimos se desvanecen y detengo en seco el chorro, desviando su trayectoria hacia el suelo.
-Excelente. –dice Gorb, aplaudiendo. Miro a las gradas para ver cómo se lo han tomado mis compañeros y bueno, no es que les haya sorprendido del todo ni enfadado, pero parecían estar muy atentos.
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